Como no vuelvo de China todos los martes y tampoco quiero que los ojos de una familia que no deja de decirme “Nena, no hace falta que nos traigas nada” se me claven como estacas, estos días compagino mis clases con las compras, caracoles. Confieso que mi idea inicial fue llevar té para todos. A la gente le gusta el té y en China hay mucho, sobre todo de jazmín. Además, el té tiene muchas propiedades buenas. Luego pensé que quizá mis hermanos no aprobarían que mis sobrinas entrasen en el mundo de las hierbas a tan tierna edad (aunque Edurne ya va a cumplir todo un año, que se dice pronto) y cambié de idea.
El problema fue que, después de comer habichuelas, la segunda cosa que menos me gusta en el mundo es ir de compras y, para regalar algo de Shanghái que no sea té, lo más práctico y económico es adentrarse en uno de los muchos mercados de falsificaciones e ir de compras. Así pues, me armé de valor y entré en el mercado que está (literalmente) en la estación de metro del Museo de Ciencia y Tecnología: Ropa, complementos, souvenirs,iPods, iPads, destornilladores, linternas, mochilas, antigüedades, zapatos… Son algo parecido a los tianguis mexicanos que, a su vez, son una mezcla de Xanadú y El Rastro a lo chino.
El siguiente problema ha sido que, después de comer habichuelas e ir de compras, la tercera cosa que menos me gusta es regatear. Y aquí, como en México o en Marruecos, también se regatea. Pero yo no estaba dispuesta a que una mañana de tiendas me borrase la sonrisa así que, antes de entrar, tracé un plan: elegiré un artículo, ofreceré el precio que esté dispuesta a pagar por él, pagaré si el vendedor está de acuerdo y saldré pitando.
Pero a los vendedores les va la marcha y, aunque el precio que tú hayas ofrecido sea más que razonable, es conditio sine qua non hacer un poco de teatro. Así que, aun a riesgo de ganarme una urticaria, me puse a regatear como la que más durante tres horitas. Hay compradores a los que les gusta esto y pueden llegar a invertir más de media hora de su tiempo en acordar el precio de un producto. La clave, dicen, radica en no mostrar demasiado interés por el artículo en cuestión. Algunos incluso se arriesgan a salir de la tienda para provocar al vendedor, que a veces sale detrás de ellos para ofrecerles un último precio y a veces les dice “adiós, muy buenas” desde la puerta.
El caso es que me alegro de haber descartado la opción “té para todos” porque regalar es bonito y elegir los regalos tiene su punto entrañable (y consumista, ya sé). En general, yo estoy muy contenta con mis compras, caracoles, pero no falta quien me diga que podría haber conseguido mejores precios. Para que se hagan una idea les diré que he comprado una mochila la mar de mona que en España me habría costado más de cincuenta euros por seis y Benjamin consiguió una imitación de buena calidad de un iPad verde manzana por tres.
Antes de que la envidia se apodere de ustedes déjenme decirles que el domingo volveré a este mercado a comprar una de esas simpáticas y prácticas linternas que se sujetan en la cabeza y voy bien de espacio en la mochila así que, si necesitan algo, pidan por esa boquita: cambio regalos por sugerencias para combatir la parte más fea del “¿y ahora qué?”.
–
El mercado del Museo de Ciencia y Tecnología (dentro de la enorme estación de metro homónima, como ya he dicho por ahí arriba) es uno de los mejores Fake Market de Shanghái ya que las imitaciones y los artículos en general son de buena calidad. La mayoría de los extranjeros compran allí y casi todos los vendedores controlan el inglés básico para la venta (y, si no, calculadora al canto y a regatear se ha dicho). Otro de los mercados más conocidos es el de Qi pu lu [chí pu lú], ahí se consiguen mejores precios pero es más difícil encontrar cositas buenas.