De exageraciones, excentricidades y banalidades

Cuando para siempre significa de veras “para siempre” dejas de morirte de ganas, de frío o de aburrimiento y, por supuesto, ya nunca te mueres de risa, caracoles. Y si alguna vez mueres por algo de manera espontánea no pasan más de siete segundos sin que un mal sentimiento te retuerza las entrañas.

Les parecerá exagerado, excéntrico y hasta banal, pero es cierto que, cuando eso que se dice tan deprisa pero se asimila tan (tan) despacio sucede y pierdes a uno de los tuyos, la relación con el lenguaje también cambia. Ea.

Morirse de risa, qué barbaridad.

Cruzando voy, cruzando vengo

La última de Sánchez Dragó me hizo recapacitar, caracoles. La literaturización de las cosas combina una suerte de fantasía y realidad que, en la mayoría de los casos, sirve para que el sujeto literaturizador se sienta mejor consigo mismo (hay quien se refiere a esta tendencia con el nombre de “egolatría”, nosotros los literturizadores preferimos hablar de “inyecciones de autoestima”).

La alquimia de ficción y no ficción desencadena otras muchas consecuencias cuyo único nexo común es la confusión, confusión de la buena o de la mala, pero confusión al fin y al cabo y, bueno, es por eso que a veces una no sabe si lo que tiene delante es un fantasma o un pederasta.

Pero también existe la confusión de la buena, insisto. Me refiero a la combinación perfecta de fantasía y realidad, caracoles. Al placer de atinar con las dosis de ambas, placer que sólo es comparable a la satisfacción de degustar una buena paella, como la de mi madre.

El caso es que ahora recuerdo que a mí estos ejercicios me sentaban de maravilla, caracoles. Ahora, un día después de ver en otros ojos que sin ilusión (real o ficticia) esto no sirve de nada. Un día antes del Día de Difuntos. Ahora, a escasas horas del ritual del Vermouth con mi madre.

Ahora que voy cruzando el río, que no hay mucho dinero y que lo he pasado mal, creo que es un buen momento para volver a abrir las puertas de Un Mundo Mejor para los Caracoles, ¿qué les parece?

Cosas de caracoles


Foto: Quizás sea un caracol

Ser optimista y entusiasta puede llegar a ser agotador, caracoles. Reconozco que, puestos a elegir, ser un feliz no es una de las peores opciones vitales a las que el individuo puede optar, pero yo hace tiempo que necesito bajarme de la caracolidad, siquiera para volver a ella con más ganas.

Como ya llego tarde para la retirada a tiempo que debería haber supuesto mi victoria, déjenme decirles –por aquello del más vale tarde- que hasta aquí llegó el Un mundo mejor para los caracoles de las paellas de mi madre y de los chascarrillos hechos con el árbol caído. Volveré como volverán las oscuras golondrinas si la movida ésa del cambio climático lo permite. Quizás. Volveré como vuelven las becas que vuelven a hacer de mí una becaria rasa. Quizás. Volveré porque Un mundo mejor para los caracoles sólo habrá tenido sentido si vuelvo. Quizás.

Un verdadero placer. Sean felices.

¿Dónde estás, caracol?

Estar triste es un coñazo, caracoles. Aunque sobren los motivos y una sepa que sin ventiscas no habría huracanes y viceversa, es un incordio que el alma apenas te llegue a los pies. ¿Verdad que lo es? Y qué me dicen de esa desfachatez que es el llanto. Incluso cuando se trata de las lagrimillas justas para el clásico desahogo, llorar es aburrido y poco o nada constructivo.

Además, cuando estás triste te vuelves monotemático y torpe. Y te salen granos. Y, por más que te duches, hueles mal. Apestas. Y combinas mal los colores o, peor, todo te queda fatal. Sabes que no quieres ser un coñazo. Sabes que por mí y por todos mis compañeros. Por mi primero tienes que dejar de estar triste. Y podrías poner solución a tu tristeza o, al menos, llevarla de otra manera, pero antes preferirías calcular integrales eulerianas a decirte “levántate y anda”. Porque tú no eres Jesuscristo, claro.

- ¿Esto es todo lo que tienes que decir después de casi cuatro meses en Shanghái?
- Más o menos.

- Pues menudo coñazo, sí

Con todo, te levantas. Porque si ella es una heroína, tú no vas a ser menos. Ésa es la nueva mentira en la que te enredas. La nueva perspectiva, igual de digna y respetable que la que has tenido hasta ahora pero un poco más llevadera. Sí, es mucho mejor pensar que ella es toda una heroína a repetirte una y otra vez que estás hasta la polla de todo. ¿Verdad que lo es? Porque si bien es cierto que polvo somos y en polvo nos convertiremos, no debemos olvidar que hay vida más allá de los coñazos y las pollas que están hasta la polla.

-¿Aunque nos sobren los motivos para olvidarlo?
-Aunque nos sobren los motivos, por supuesto.
-¿Y esto es todo, amiga?
-Esto es todo, amigos.
-Pues vaya.

Ea, pues ya he vuelto a escribir. Que tengan un buen día, caracoles.

Estoy que lo regalo, oigan

Como no vuelvo de China todos los martes y tampoco quiero que los ojos de una familia que no deja de decirme “Nena, no hace falta que nos traigas nada” se me claven como estacas, estos días compagino mis clases con las compras, caracoles. Confieso que mi idea inicial fue llevar té para todos. A la gente le gusta el té y en China hay mucho, sobre todo de jazmín. Además, el té tiene muchas propiedades buenas. Luego pensé que quizá mis hermanos no aprobarían que mis sobrinas entrasen en el mundo de las hierbas a tan tierna edad (aunque Edurne ya va a cumplir todo un año, que se dice pronto) y cambié de idea.

El problema fue que, después de comer habichuelas, la segunda cosa que menos me gusta en el mundo es ir de compras y, para regalar algo de Shanghái que no sea té, lo más práctico y económico es adentrarse en uno de los muchos mercados de falsificaciones e ir de compras. Así pues, me armé de valor y entré en el mercado que está (literalmente) en la estación de metro del Museo de Ciencia y Tecnología: Ropa, complementos, souvenirs,iPods, iPads, destornilladores, linternas, mochilas, antigüedades, zapatos… Son algo parecido a los tianguis mexicanos que, a su vez, son una mezcla de Xanadú y El Rastro a lo chino.

El siguiente problema ha sido que, después de comer habichuelas e ir de compras, la tercera cosa que menos me gusta es regatear. Y aquí, como en México o en Marruecos, también se regatea. Pero yo no estaba dispuesta a que una mañana de tiendas me borrase la sonrisa así que, antes de entrar, tracé un plan: elegiré un artículo, ofreceré el precio que esté dispuesta a pagar por él, pagaré si el vendedor está de acuerdo y saldré pitando.

Pero a los vendedores les va la marcha y, aunque el precio que tú hayas ofrecido sea más que razonable, es conditio sine qua non hacer un poco de teatro. Así que, aun a riesgo de ganarme una urticaria, me puse a regatear como la que más durante tres horitas. Hay compradores a los que les gusta esto y pueden llegar a invertir más de media hora de su tiempo en acordar el precio de un producto. La clave, dicen, radica en no mostrar demasiado interés por el artículo en cuestión. Algunos incluso se arriesgan a salir de la tienda para provocar al vendedor, que a veces sale detrás de ellos para ofrecerles un último precio y a veces les dice “adiós, muy buenas” desde la puerta.

El caso es que me alegro de haber descartado la opción “té para todos” porque regalar es bonito y elegir los regalos tiene su punto entrañable (y consumista, ya sé). En general, yo estoy muy contenta con mis compras, caracoles, pero no falta quien me diga que podría haber conseguido mejores precios. Para que se hagan una idea les diré que he comprado una mochila la mar de mona que en España me habría costado más de cincuenta euros por seis y Benjamin consiguió una imitación de buena calidad de un iPad verde manzana por tres.

Antes de que la envidia se apodere de ustedes déjenme decirles que el domingo volveré a este mercado a comprar una de esas simpáticas y prácticas linternas que se sujetan en la cabeza y voy bien de espacio en la mochila así que, si necesitan algo, pidan por esa boquita: cambio regalos por sugerencias para combatir la parte más fea del “¿y ahora qué?”.


El mercado del Museo de Ciencia y Tecnología (dentro de la enorme estación de metro homónima, como ya he dicho por ahí arriba) es uno de los mejores Fake Market de Shanghái ya que las imitaciones y los artículos en general son de buena calidad. La mayoría de los extranjeros compran allí y casi todos los vendedores controlan el inglés básico para la venta (y, si no, calculadora al canto y a regatear se ha dicho). Otro de los mercados más conocidos es el de Qi pu lu [chí pu lú], ahí se consiguen mejores precios pero es más difícil encontrar cositas buenas.

Made in China

La censura de China es casi tan conocida como los palillos o la Gran Muralla, caracoles. Quiero decir que a estas alturas es cosa sabida que aquí ni Youtube, ni Facebook, ni Twitter, ni Nodo50, ni WordPress, ni Blogger (y, por ende, ni Modus Tolens, ni Kurioso, ni La Mancha en la Libreta, ni Mi Mesa Cojea, ni tantos otros blogueros), ni Documentales Gratis, ni Yonkis, ni Megavideo, ni Megaupload, ni Emule, (¡larga vida a Rapidshare!) ni Muchachada Nui, ni La Pecera de Eva, ni tantas otras páginas que no se cargan nunca o tardan tanto en cargarse que es como si no lo hiciesen.

Es más, la censura de China es casi tan conocida como las maneras de burlarla, accesibles e inteligibles incluso para esta torpe internauta que les escribe. Pero la mayoría de los proxys no tienen instalados los plugins necesarios para ver vídeos, twittear o confirmar las 27 peticiones de amistad pendientes en Facebook, por ejemplo. Y lo mismo con las BPN, que previo pago funcionan mucho mejor pero, según me cuentan, tampoco son la gran panacea contra una policía que no es tonta.

Así las cosas, lo peor de la censura china no es no poder unirse a grupos como “Menos flores y más cunnilingus”, quedarse con las ganas de escuchar a Punset hablando sobre inteligencia emocional o tener que hacer triquiñuelas varias para poder actualizar esta inofensiva página. Para un usuario de mis características tampoco es mal de morir navegar a trompicones por un internet que se deshoja cual margarita: Ésta sí, ésta no. Ésta, a medias. Ésta no, ésta sí. Ésta, si el proxy de turno quiere o si la BPN de mi vecino está por la labor… Además, he de decir que yo tengo la suerte de contar con un Otto que a escondidas me pasa el concierto de Undrop o la charla sobre decrecentismo de Carlos Taibo.

Lo peor es acostumbrarse a abrir una página que hace las veces de salvoconducto para, desde ahí, poder abrir otra página que te permita subir estas líneas o leer las de otros, como si fuese la cosa más normal del mundo (de internet) y olvidar que alguna vez estuviste subscrita al canal de Youtube de 5 Seconds Films, por ejemplo. Lo malo no es quedarse con las ganas, lo malo es que se te quiten. Que se te quiten hasta olvidar que todo esto que para ti no es un mal por el que morir, es causa de muerte (directa o indirecta) para otros.

Sigue hambriento, sigue alocado

Benigno, caracoles, benigno.

Llega un momento en la vida en que empiezas a utilizar expresiones como ésa: “Llega un momento en la vida en que…”. Y no se trata de algo necesariamente relacionado con la edad y tampoco es que todo se reduzca a un solo momento. A un solo antes y después. A un solo círculo. A veces llegan momentos en la vida en que empiezas a utilizar expresiones como ésa, caracoles.

Y, cuando uno de esos momentos llega, te descubres preguntándote retóricamente “¿Así que esto era la vida?” Y acto seguido tu otro yo reclama a lo lejos “Joder, haberlo dicho antes. Esas cosas se avisan”.

Pero tú sabes que no siempre es así. Sabes que las cosas no siempre se avisan (a veces por culpa de un traidor y a veces porque sí, sin más), como también sabes que hay males que cien años duran y cuerpos que lo resisten. Lo sabes como sabes que el refranero no es un buen libro de cabecera. Lo sabes porque sabes que hay cosas que no deberían pasar y, sin embargo, pasan. Como sabes que todo pasa, sí, que todo queda.

Pero benigno, caracoles, benigno. Eso es lo que importa, eso es lo que queda.

Pero qué buenas son las noticias que son buenas. “Compañero, vamos a hablar sin pena”.


El título-sentencia del post viene de un discurso de Steve Jobs (que será malvadísimo, pero da gusto escucharlo). Si quieren verlo, metan “Steve Jobs discurso Stanford” en Google. Yo no puedo copiar el enlace, disculpen las molestias (las quejas las envían al correo de Hu Jintao, el Presidente de China).

Curiosa estás más guapa

La curiosidad del chino a veces puede ser molesta, caracoles. Que alguien a quien no conoces haga “chas” y aparezca a tu lado para hacerte un interrogatorio sobre tu vida personal y tus costumbres a una velocidad de diez preguntas por minuto es, más que frecuente, cotidiano. O que te miren de pies a cabeza y de cabeza a pies. Como tú a ellos, claro. O que fotografíen tus pantalones, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

Mientras el español medio se esconde debajo de las piedras para que su pésima pronunciación del inglés no sea puesta en evidencia o, directamente, no presenta el más mínimo interés por saber cómo son las cosas fuera del territorio nacional (o comarcal, si me apuran), la espontaneidad en tantas otras ocasiones reprimida sale por los cuatro costados del chino que quiere practicar su segundo idioma (sea cual sea su nivel) y conocerte en tanto que extranjero. Siquiera para reafirmarse en tanto que chino.

La curiosidad es buena, caracoles. ¿Verdad que lo es? Aunque mate a gatos y a veces sea molesta para el sujeto curioseado. Como tantas otras cosas, bien empleada y dirigida, la curiosidad es buena, bonita y barata.


¡Atención, atención! Aunque China se precia de ser uno de los países con menos delincuencia del mundo, sepan que, si vienen a Shanghái, en People’s Square y alrededores hay mucho carterista y timador disfrazado de “sólo soy curioso”. Les aconsejo que se alejen de todo aquel que les recomiende tiendas de té o les cuente las mil y una movidas que podrán encontrar en el Museo de Shanghái. De lo contrario, se empeñarán en acompañarles y probablemente -¡zas!- serán robados o estafados.

Los hombres que llevaban los bolsos de sus mujeres

Mis alumnos me cuentan que los ejemplares más representativos del “chino calzonazos” se encuentran en Shanghái, allá donde las mujeres ni limpian el polvo ni cocinan y el pobre hombre –dicen- ha de trabajar y llevar las riendas de la casa mientras su santa shanghainesa se va de compras al salir de la oficina.

En las demás ciudades la situación no es tan pintoresca -me dicen ellos, atraídos por ese simpático adjetivo que utilizan en tres de cada cuatro oraciones haciendo oídos sordos a las recomendaciones de su profesora nativa: Pintoresco-.

¿Y cómo es la situación en las demás ciudades? Cada vez mejor, me dicen ellos y ellas. Ya no es tan pintoresca. Ellas y ellos. El grupo de futuros profesores de Chino que el año que viene irá a España, a México o a Argentina a cumplir con su labor. Casados la mayoría, con hijos que permanecerán en la China Popular un porcentaje bastante elevado. Ellos y ellas. El grupo de los martes por la tarde.

Hoy no me puedo levantar…

…pero menos que mañana.


Queridos caracoles alérgicos y caracoles no alérgicos:

Espero que estén disfrutando de la primavera como corresponde o como buenamente puedan. Yo estoy bien. Con un pie casi en España y otro trabajando lo que no está escrito (bueno, tampoco es para tanto…).

En cuanto a mi excursión, les cuento que, a pesar de que mis jefes me dijeron “Natalia, toma un grupo de alumnos más” y yo tuve que decir “Adiós, Beijing”, la cagué con Hong kong y tuvimos que decir “Adiós, Hong Kong”, perdí una tarjeta de crédito, olvidé la contraseña de la otra y aprendí de primera mano que Lonely Planet también se equivoca, lo he pasado genial. ¡Gracias, Cristal con que se mire!